Veo su reflejo en el retrovisor. Miro la pantalla del salpicadero. La cámara de visión trasera me muestra su amenazadora figura. Está poseído por la ira. Avanza hacia mí con el puño levantado. Sin vacilar un segundo, bajo del coche, corro hacia él, le grito: ¡Basta! Vete. Ya no tenemos miedo. Ya no puedes hacernos daño. Ahora soy más alto y fuerte que tú. Se desvanece entonces Lucifer como un espejismo en la ciega niebla al pronunciar las palabras mágicas.
Al despertar, le cuento a Mamá que he visto otra vez a Papá. Tranquila. Sólo en mi pesadilla. Sólo ahí. Afortunadamente, hace tiempo que ya no forma parte de nuestros sueños. Desde hoy, tampoco de mis desvelos.
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