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jueves, 24 de noviembre de 2016

Sin piedad

Entré en casa mareada por la cerveza, forcejeando para cerrar la puerta, aunque el miedo me llevó a enfilar escaleras arriba al ver que Manu, también bebido, había metido la pierna. A solo tres escalones perdí el equilibrio. Me levantó agarrándome por el brazo, clavándome las uñas, cuando retorcida de dolor oí a mis hijos gritar y conseguí zafarme, escondiéndome en el baño.

Era cuestión de segundos… una patada acabó con la cerradura.

Desde el suelo, mi cuello entre sus manos, mis ojos en los suyos rogando piedad, sin aliento, dejé de luchar y me abandoné.

Como un puñetazo, el aire inundó mis pulmones. Abrí los ojos… un guardia civil le empujaba sin piedad, hasta detenerlo. Había salvado mi vida.

lunes, 26 de octubre de 2015

Esperanza

Siempre le habían hecho creer que no valía. Que era más lenta que sus hermanos. Poco después comenzaron los golpes, como si estuvieran convencidos de que así iba a entender mejor la vida. Para estar a la altura, ella hacía todo lo que le ordenaban y más; pero nunca era suficiente.
Una tarde, decidió que ya no podía seguir adelante. Se derrumbó ante la puerta de la asociación, sin fuerzas para entrar. La vergüenza y el miedo la carcomían, y le impedían cruzar el umbral.
Una mujer apareció en la entrada y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Sin preguntas, ni objeciones. Por fin, después de tanto tiempo, una sonrisa…
—Entra—le dijo solamente. —No estás sola.