El sonido de la bragueta cerrándose y el posterior chirrido que produjo la puerta del baño al salir su jefe, la devolvieron a la realidad. Tambaleándose, se dirigió al lavabo e introdujo sus manos bajo el chorro de agua. Presionó el dispensador de jabón y esparció una ingente cantidad sobre sus manos, a la vez que recogía la espuma resultante y se la llevaba a la boca. Frotó enérgicamente sus dientes, lengua, labios… sintiéndose sucia.
Las lágrimas inundaron sus ojos. ¡Necesitaba ese trabajo! Todavía debía devolver el préstamo solicitado para cursar el Máster.
Resignada lloró… asumiendo que ese era el precio a pagar en un mundo creado por hombres y para hombres, simplemente por ser mujer.
Onisa Larroc,
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