Para que luego digan que los monstruos somos nosotros -continuó Alazar explicándonos su último día de trabajo con esa voz suya tan terrible que tanto asustaba a los niños cuando salía de sus armarios por las noches.
El pobre crío estaba aterrorizado antes de que yo apareciera. Se oían gritos y golpes y el niño lloraba porque estaban pegando a su madre otra vez. Me miró suplicando ayuda y no tuve más remedio que intervenir aunque sé que va contra el reglamento.
Cuando llegó la policía el cadáver del maltratador llevaba un rato muerto de miedo en el pasillo.