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martes, 4 de diciembre de 2018

Ganadores del Concurso de Microrrelatos contra la Violencia de Género 2018

Reunido el Jurado del V Concurso de Microrrelatos contra la Violencia de Género, formado por las siguientes personas:

Presidenta, la concejala de Servicios Sociales, Mujer e Igualdad y presidenta del Consejo Municipal de Igualdad del Ayuntamiento de San Javier, Dña. Estíbaliz Masegosa Gea.

La trabajadora social del CAVI Mar Menor y miembro de la Comisión de Violencia de Género del Consejo Municipal de Igualdad del Ayuntamiento de San Javier, Dña. Silvia Velázquez López.

El secretario del Consejo Municipal de Igualdad del Ayuntamiento de San Javier, D. Felipe Andrés Gutiérrez.

Una vez leídos todos los microrrelatos, el jurado otorga los siguientes premios, según las bases del Concurso, a las siguientes personas:

Enhorabuena a los agraciados/as de los premios. 

Gracias a todos/as por vuestra participación

lunes, 26 de noviembre de 2018

Él

Él siempre va delante y nosotras detrás.
Él siempre dice lo que tenemos que hacer y nosotras hacemos.
Él nos grita y nosotras callamos.
Él descansa y nosotras trabajamos.
Él come y nosotras cocinamos. 
Él nos pega... Y nosotras... lloramos. 
Él, él y siempre él.
¿Cuándo seremos nosotras?
¿En qué momento de la vida perdimos nuestro estatus social?
¿O es que nunca lo tuvimos?
Son preguntas que me invaden en la soledad de esta pequeña habitación, una habitación que no tendría nada de especial si no fuera porque en ella me encuentro a mí misma.
Es el momento de dar un giro sin precedentes en mi vida, de dejar de escuchar los gritos de él y empezar a ser escuchada por los demás. 
Dejaré mi pequeña habitación y me enfrentaré a la que este mundo me ofrece porque a partir de ahora seré yo y nadie más que... Yo.

Siempre soy

Me habla, me canta, ahora al baño, de paseo, a comer. Quiero levantarme, andar, salir, pasear por mi misma, quiero ayudar, no quiero ser una carga..
He dicho y hecho cosas horribles, pero las hacia un cuerpo que no me correspondía, que sentía  extraño y ajeno, con pensamientos que no eran míos. 
No soy mala, ni rebelde, solo estoy enferma.
No estoy paranoica porque por la noche no duerma o me pase las horas buscando algo que no se muy bien que es. Solo estoy enferma. 
No quiero pelear por la ducha, pero ahora me aterra. 
Quiero gritar que solo me siento perdida, insegura, vulnerable.
Que algo ha borrado mi vida y no se quien soy, quien he sido, donde estoy... La vida esta formada por experiencias, sentimientos, recuerdos....y me los han arrebatado. La dignidad es intrínseca al ser humano y parece que también eso he perdido...

Striptease

Mira, querida, soy tu hermana y no me puedes seguir mintiendo. Vale que disimules ante mamá para no hacerla sufrir. Pero no me vuelvas a decir que tu marido ha cambiado. No es verdad. 

Lo defiendes cuando llegas a casa y me aseguras que las cosas no son como antes. Pero tu sonrisa es forzada y tus palabras me suenan a hueco. 

Hace siglos que no te he visto con falda, siempre con pantalones. Y te pones blusas con las mangas hasta las uñas. Nunca llevas los brazos al aire. 

Mira, soy tu hermana, no una extraña, nos hemos visto desnudas mil veces. 

¿Por qué no haces ahora un striptease para mí?

Sin género de dudas

«Brecha» y «Salarial» se sientan en el banquillo acusadas de asociación ilícita y malversación de fondos. Expertos en la materia testifican sobre su injustificada etimología. El diccionario aplaude a rabiar. Voces activas y pasivas se elevan indignadas. El juez pide orden y cede el turno al abogado defensor, que se atraganta con la diéresis de «Vergüenza» y tose. En primera fila «Desigualdad» observa atentamente con sus sílabas en tensión. Todavía tiene inflamado el punto de la i por las luchas recientes. Menos mal que con las nuevas medidas adoptadas el prefijo se le está debilitando y no tardará en caerse. Al fondo, camuflada entre aromas de «Violeta» y acordes de «Violonchelo», «Violencia» tiembla de miedo. Sabe que será la siguiente.

Función lupa

Mi nieta está en la etapa de los porqués. Con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, me espetó:

—¿Por qué cuentas con tristeza que luchaste mucho por mi abuelo; pero venció su amante?

—¿Por qué nos repites con orgullo de abuela, a mí, que soy tan guapa que me asediarán muchos pretendientes y, en cambio, a mi hermano, que se le conocerá en el barrio por sus numerosas y rápidas conquistas?

— ¿Por qué cotizan tanto las metáforas bélicas al hablar del amor en la bolsa de valores de nuestra Sociedad pacifista?

Me quedé sin habla. Cuando la recuperé, solo pude contestarle:

—¡Las desaprenderé todas!

Vidas rotas

Cuando por inercia volvió caminando a la casa familiar tras el entierro, la vio acordonada por la policía, con la científica afanada y un corro de vecinos murmurando compungidos, bajo los destellos de las patrullas.

Se detuvo en seco, conmocionado ante la horrenda escena. 

Inmóvil desde la acera observó las tendederas con las prendas de agresor y víctima agitadas por el viento, ignorantes de su precoz jubilación.

Las lágrimas brotaron tibias, amargas, imparables. Añoró el calor de antaño traspasando la vestimenta, su sonrisa, su amor, y deseó abrazar la blusa, la falda, la rebeca gris, aspirar su aroma y encontrar en ellas el improbable consuelo a su recién estrenada orfandad adolescente.

Fortaleza interior

Todos pensaban que Adela era débil. Apenas podía con el carrito de la compra, la ingresaban de cuanto en cuanto, siempre iba con ojeras y apenas comía. En el barrio le llamaban "la delicadita".

Por eso, todos se sorprendieron el día que la vieron salir de comisaría, con mirada esperanzada y un nuevo aire en los andares. Con una seguridad que nunca había exhibido, fue al bar, se pidió un café bien cargado y una tostada, y charló animada con quien quiso darle conversación.

Al poco, se supo el motivo: Años de callar, de soportar humillaciones y desprecios en casa, habían terminado. Porque ella, tan débil en apariencia, había tenido la enorme fortaleza de ponerles fin.

Actuar

Alzó el cuchillo rubricando su amenaza. Mortífera como una bala en el corazón. Iba en serio, sin duda. Ya no podía pensar más o no quedaría tiempo. Actuar. Actuar. A la tercera vez que me lo repetí mis manos cobraron vida.

Me abalancé sobre su espalda en una embestida con la quizá nunca hubiera soñado. A lo sumo, la habría podido previsualizar en algún documental de fauna salvaje o película de Tarantino. Mis brazos constreñían su cuello mientras él intentaba zafarse de mí y blasfemaba al viento: "¡Suéltame, maldita hija de puta!". El felino instinto que recorría mis uñas se lo estaba haciendo pasar francamente mal. Hoy, me sigue apareciendo en pesadillas pero ella, por fin puede respirar.

Entre líneas

Y llegó el día en que se graduó, con honores, pero su mirada seguía vacía.

Fue la primera en llegar a lo más alto de su carrera profesional, pero seguía con una sonrisa ensayada.

Logró todo lo que de pequeña había soñado. ¡Todo!

Pero era consciente de que, sin el respeto del resto, ella sólo era un saco de boxeo al que golpeaban cada vez más fuerte.

Insultos por no ceder, halagos por probar suerte, puñaladas por la espalda, violaciones de todos su derechos, y un largo etcétera que acabó cuando uno de aquellos desgraciados cruzó la línea en que la violencia de género deja de ser invisible.

—Tenemos un nuevo cadáver, señor.

Deshabitada

Desmantelada la casa, el viento amontonó los recuerdos amargos que quedaron olvidados por los rincones. Enfermaron de soledad y el tiempo los cubrió de ausencia. El aire se tornó irrespirable. La vida dejó de latir asfixiada por la locura. El vacío se adueñó de todo.

Los insultos quedaron ocultos bajo un manto de silencio y las sonrisas huyeron despavoridas tras los primeros golpes. Los días se confundieron con las noches cegados por el miedo. El sol dejó de abrigar su piel amoratada cuando no pudo atravesar aquel muro inexpugnable de persianas. 

Desde que el amor apasionado perdió la batalla contra los celos, la posesión, la violencia y el terror, permanece deshabitada. Nadie se atreve a rasgar el precinto policial. 

Pum-Pam

Apagó el despertador como pudo. La falta de puntería convirtió ese acto en una secuencia de percusión casi perfecta. Pum-pam. Cómo un destello en su memoria los recuerdos de la noche anterior inundaron su consciencia. 

Que haya sido un sueño. Sus manos recorrieron su cuerpo buscando evidencias del terror de su memoria. Comenzó por sus muslos, encontrando bajo sus yemas unos surcos secos, similares al rastro de la erosión de un río que una vez fue abundante. Cuando su mano se posó sobre su rostro, descubrió que sus pómulos estaban demasiado abultados.

Y fue cuando lo recordó. 

Sus dedos volvieron a la mesilla y posándose sobre su teléfono marcó : 016.

Colorín, colorado...colores

Érase una vez una niña a la que educaron para ser princesa de cuento. Para que soñara con encontrar a su príncipe azul y así tener una vida de color de rosa. Y serían felices y… Llegó el príncipe azul y la encerró en su castillo. La princesa perdió el brillo de su mirada, la luz de su sonrisa. El morado comenzó a tatuarse en su piel. Sus días se tiñeron de rojo. El miedo y las lágrimas fueron su única compañía.

El cuento acabó cuando un último golpe llevó la vida de la princesa a un fundido en negro definitivo.

Eso no es querer


Eso no es querer.

Olvídate, la solución a no saber querer no es actuar como lo haces.

No manches mi rostro con lágrimas de miedo, miedo por violencia.

No tienes derecho a hacerme sentir así.

No permitas que esto se te olvide…

Te lo repito:

¡Eso no es querer!

Esa noche

Acudía a su encuentro, alborozada, cuando regresaba a casa. Saltaba a sus brazos y me enorgullecía de tener un padre así. Él me acariciaba el cabello y repetía: "Eres la niña de mis ojos".

Con el tiempo descubrí a otra persona y el cariño se convirtió en pánico. El sonido de sus pisadas subiendo las escaleras aceleraban los escalofríos. Mamá me escondía bajo las sábanas y yo fingía estar dormida. Luego surgían los reproches, los gritos y los golpes. "Me muero por matarte", rugía mientras se me retorcían las entrañas. Algún día. Y bajo las sábanas lloraba de rabia. 

Esa noche, tras implorar al Santísimo, mamá y yo nos libramos del mal. Y es indiferente si fue obra del diablo.

Hasta aquí

"Estoy harta. No aguanto más. No me importa que mi mejor amiga sea tu hermana. No lo soporto más. El control, el chantaje, la humillación. Basta. Muchas veces he pensado en irme, pero ya fuera por miedo o por no decepcionar a Nadia no lo he hecho, pero ahora sí. Aunque nunca llegaras a la violencia física, no sabes el dolor que me han causado tus constantes gritos y amenazas. Que me humillaras delante de mi familia llamándome puta por llevar una falda corta fue la gota que colmó el vaso. No tienes ningún derecho. Por eso, ahora que me siento con fuerzas para hacerlo, te dejo. Me voy para no volver", cerré la puerta y me fui.

Demonios interiores

Al vocear a Laura nada más entrar en casa, la frustración de Pedro no disminuye; cuando la insulta con palabras huecas, su nivel de angustia incrementa; al bofetearla con su mano grande, su impotencia se amplía; la empuja contra la pared del pasillo, pero su rabia no se enfría. 

Pedro se siente inútil e inservible en el mundo, inferior a vecinos, familia y amigos, rabioso por no encontrar una salida a su malestar.

Quiere combatir su propia frustración, su angustia, su impotencia y su rabia. Grita y pelea contra ello, pero a quien ataca es a Laura.

Tercera edad

Van siempre juntos. A ella nunca se la ha visto sola. En el mercado, él compra y paga, ella lleva las bolsas. Siempre es él quien pide las consumiciones en la cafetería y quien dice al peluquero como tiene que cortar el pelo a ambos. Ella solo asiente.

La enfermera del centro de salud, sospecha: a esta señora le ocurren muchos accidentes, demasiadas caídas. Quiere hablar con ella a solas, indagar, pero siempre está el marido presente y es él quien responde. Ella solo balbucea, mirándole con temor «es que soy muy torpe». La sanitaria insiste: ¿Y este hematoma? Explicaciones pueriles.

No han vuelto por la consulta. Se han cambiado de enfermera.

Aparentemente son dos tiernos ancianos.

Perro

Ahora me doy cuenta. Ahora le veo cómo lo que es, un mal compañero. Está sobre mí, manchado de sangre. Mi sangre. ¿Parece arrepentido? No lo sé. Ya no estoy segura de nada. Aunque duela, cierro los ojos. No quiero verle, pero le recuerdo. Recuerdo cuando le vi en aquella calle y le ayudé. Le traje a casa y se quedó a vivir. Los vecinos se quejaban de que ladraba mucho. Lo normal, ¿no? No. Se enfadaba cuando salía sin él. Ladraba a cualquier hombre que se me acercara. Si me hubiera dado cuenta antes de que aquello no era lo normal, habría sacado el valor para echarle. ¿Mis últimas palabras? No estoy hablando de ninguna mascota.

En cadena

Sucedió al mismo tiempo: El trueno, el golpe, el grito. La lluvia borró las huellas. No pudo borrar el dolor