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viernes, 23 de noviembre de 2018

Servil complicidad

El portero de la finca, cada mañana cuando escuchaba bajar el ascensor, se dirigía a la puerta de entrada y sacando un pañuelo de su bata azul, abrillantaba y giraba el pomo dorado de la puerta, la cual dejaba completamente abierta para despedir a Don Antonio.

El portero siempre sumiso, le esperaba mirando al suelo y lo despedía con un "Buenos días, Don Antonio".

Una vez que se marchaba, el portero pasándose el pañuelo de manera inconsciente por la frente, se sentaba en su silla de esparto y afinando el oído se quedaba escuchando el llanto que transmitían los frágiles tabiques del primero primera donde la mujer de Don Antonio curaba sus heridas y recogía los platos rotos.