Marina y su marido vivían en un tercer piso sin ascensor.
La vecina del segundo siempre dice que era un chico trabajador, educado y apuesto.
El vecino de al lado, que en el bar de la esquina él siempre invitaba a una ronda.
La pareja de ancianos del cuarto, que eran la pareja perfecta, siempre sonriendo y felices.
La del primero no los conocía.
Marina ya no vive allí. Su marido tampoco.
Tras años de gritos en silencio, maquillaje en los golpes y vergüenza, ella descansa en paz.
Si hubieran escuchado en vez de oír, observado en vez de mirar, atendido en vez de disimular… Marina aún viviría en un tercer piso sin ascensor.