Todos pensaban que Adela era débil. Apenas podía con el carrito de la compra, la ingresaban de cuanto en cuanto, siempre iba con ojeras y apenas comía. En el barrio le llamaban "la delicadita".
Por eso, todos se sorprendieron el día que la vieron salir de comisaría, con mirada esperanzada y un nuevo aire en los andares. Con una seguridad que nunca había exhibido, fue al bar, se pidió un café bien cargado y una tostada, y charló animada con quien quiso darle conversación.
Al poco, se supo el motivo: Años de callar, de soportar humillaciones y desprecios en casa, habían terminado. Porque ella, tan débil en apariencia, había tenido la enorme fortaleza de ponerles fin.