Amira tiene siete años. Tumbada en el frío barro de la cocina, su madre le susurra palabras amables. Ella mira las cañas del techo con frecuencia. Su abuela le agarra las piernas con fuerza mientras la curandera demuestra su habilidad con la cuchilla.
Amira ya no es una niña. En su dormitorio, las canas del marido le impiden ver el techo, que parece como el de antes, pero sin ser el mismo. Como ella. Y aunque duele, esta vez no grita.
En el hospital, las luces no dejan ver el techo con claridad. Una enfermera le dice que ha tenido una niña. Amira la agarra a su pecho y así, abrazada al futuro, corre dejando atrás las calles de Mogadiscio.
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