Como dice Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo, "siempre me he fiado de la bondad de los desconocidos". Hay veces en la vida en que un simple gesto o una palabra inesperada tienen más efecto en tu interior que todos los consejos de tus padres y amigos. Tras años de mirarme en el espejo y no reconocerme, esa señora de pelo blanco que me crucé en el metro, que me tocó el rostro con dulzura y me animó a volar, consiguió que saliese de la cárcel en la que me encontraba. Ahora me miro en el espejo y sé quién soy. Y, sonriendo de nuevo, me digo: "¡Qué guapa soy, qué tipo tengo, adelante!".
No hay comentarios:
Publicar un comentario