Punto y final, el dolor se esfumó en ese momento, bajo un agua cristalina que limpió su alma. Voló sin rencor, amando la vida que no la había tratado sin embargo con el respeto que merecía, perdonando cada grito, cada golpe, cada humillación, cada insulto y cada abrazo de Judas recibido por él. Y entre la oscuridad de sus pensamientos abrazó la esperanza. En ese instante un niño se cruzó en su camino, con la inocencia de la infancia se acercó a ella y le preguntó: dónde vas? Y ella llena de paz dijo; voy buscando mi camino, el niño la miró y una lágrima ensangrentada recorrió su mejilla. Una lágrima que la conduciría directa hacia su libertad.
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