La oscura caricia que rodeaba su rostro quiso atraparla en un abrazo mortal que limitaba en la frontera de lo grotesco. Sus ojos se tornaban en tristeza, y sus labios, temblorosos, balbuceaban sollozos de impotencia al ver que no quería separarse de aquellas manos que tanto daño le habían hecho. La sombra de la soledad es alargada y no hay mayor dolor que la soledad. Ella haría lo que fuera para no seguir viviendo sola, incluso sufrir en silencio las marcas ocultas de la demencia del que una vez la amó. Pero nada es eterno y los tacones le empezarán a hacer rozadura, y nadie aguanta andar con unos pies doloridos, ni siquiera la mujer más sufridora del mundo.
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