Levantarme a las seis. Preparar el desayuno y la comida. Pedirle a tu padre que venga conmigo, aunque sé que dirá que no. Salir a la calle. Aguantar las miradas censuradoras de los vecinos, del portero, de mis antiguas amigas. Pasar por el cementerio y dejar un ramo en el nicho de Marta. Tomar el autobús número cinco, después el circular, y después el siete. Depositar los objetos metálicos en la entrada de la cárcel. Esperar mi turno. Esperar. Esperar. Escuchar tu nombre. Ver cómo te sientas al otro lado de la mampara. Buscar en tus lágrimas alguna explicación, en tus puños, en tus labios. Preguntarme de nuevo qué hice mal. Y ser tu madre, siempre, a pesar de todo.
La Concejalía de Servicios Sociales, Mujer e Igualdad del Ayuntamiento de San Javier te anima a participar en el concurso que convoca. Así mismo abre un espacio creciente de microrrelatos contra la violencia de género para su lectura. Participa y difunde.
domingo, 26 de noviembre de 2017
Ya no hay excusa que valga
Mira a su alrededor y le invaden los recuerdos. ¿Dónde está el chico con el que se casó hace diez años? ¿Aquel que hacía las delicias de grandes y pequeños? Marta tiene la sensación de que todo se ha echado a perder. No está en una prisión, pero lo parece. No tiene autonomía porque la inseguridad le pesa más que los golpes y los insultos. Pero hoy algo ha cambiado. Se ha dado cuenta de que ya no puede continuar así. De que no puede caer de nuevo en sus redes, en sus malas formas. De que no puede haber más perdón, porque cada vez es peor. El futuro es suyo, pues está viva y eso es lo que importa.
La primera y última vez
Aquella mañana volvió antes del trabajo. Ella seguía llorando en el sofá, con el cuerpo y el rostro amoratados. Reviviendo el pánico de la noche anterior. Portaba un ramo de flores, y las disculpas brotaron de sus labios, una tras otra, intentando convencerla de que aquello nunca volvería a repetirse, sería la primera y la última vez.
El alcohol, combinado con los celos, le había jugado una mala pasada. Pero él no era así, la quería, la quería tanto, que le dolía imaginar una vida sin ella.
El timbre de la puerta silenció la escena. Ella bajó la cabeza mientras su arrepentido marido se acercaba a abrir. Los agentes lo esposaron. Tenía razón, sería la primera y la última vez.
Una nueva vida
La
miró fijamente a los ojos. Percibió una mirada aterrada, presa del
pánico. Vio como ella, se abrazaba las piernas, moviéndose hacia
adelante y atrás, instintivamente, rítmicamente. No hablaba,
solamente dejaba correr sus lágrimas por las mejillas, fuertemente
enrojecidas por el golpe recibido.
Ella,
sentada en la acera, tapada con una manta, estaba rodeada por
desconocidos. A pesar de ser extraños, se dejaba cuidar y se sentía
protegida. Él los reconocía, ángeles.
El
miedo de su madre, aminoraba, o eso, al menos percibía.
Miró
a otro lado y vio, como su padre, iracundo, ido, se alejaba en coche
patrulla. Ya no les haría más daño.
Entonces
Raúl, a sus escasos tres años, sintió, por primera vez, confianza,
fuerza, poder.
Tus estrellas
¿Por qué las afilas tanto?
Sabes que las miro y beso
Las escucho y creo,
¿Por qué las afilas tanto?
Amo a tus estrellas
Que me desnudan y llenan
¿Por qué? ¿Por qué las afilas tanto?
Sabes cuánto me duele
Su luz me miente y da palos
Ellas nunca mueren
Y yo aquí, hecha pedazos
Deja de afilarlas
Déjame ya
Sus puntas me cortan
Mi piel sangra
Su fuego me quema
Mi ser se apaga
¿Por qué las afilas tanto?
Tus estrellas
Mis estrellas
viernes, 24 de noviembre de 2017
Dolor
Se acercó a mí y me invitó al cine. Estaba colada por él. Me preparé y a las ocho en punto llegó.
La película no estuvo mal, pero los meses siguientes nos hicimos inseparables. Todo era maravilloso… hasta nuestra primera discusión.
No recuerdo el motivo, pero las palabras y los gestos fueron hirientes… Yo sabía que el siguiente paso sería un puñetazo. Recordé a mi madre y su gama de maquillajes para tapar los golpes, "son consecuencias del amor"… así le eximía siempre.
Pero Hugo de repente calló y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. "Perdona" me dijo. Yo no entendía nada, pero mi alma era feliz.
Mi madre estaba equivocada, la bofetada no era amor, es dolor.
Palos y Astillas
Yo lo he visto llorar amargamente mientras te llevaban al hospital, mamá. Por eso, no creo que debas ponerte así, que no es para tanto, y la sangre no va a llegar al río. Él te quiere, mamá, normal que te haga llorar. Anda que no me has dicho tú misma millones de veces que las letras entran mejor con sangre. ¿Sabes?, en el colegio, también Mariola se me ponía farruca cuando le levantaba las faldas en la fila, o cuando le pedía que me llevara la cartera, pero poco a poco vamos poniendo las cosas en su sitio.
Soñar
Quiero soñar que soy libre, que camino sin miedo, sin temores, sin angustia por las calles. Deseo soñar que mis hijas, las hijas de ellas y las hijas de todos caminarán seguras. Que saludarán y sonreirán sin complejos ni culpas. Ambiciono soñar que un género sea solo eso y no la división de superioridad o de rechazo. Me gusta soñar a todos con alas, pudiendo volar tan alto como sus fuerzas, habilidades y motivación les permitan, sin redes que les detengan por no pertenecer a un sexo privilegiado. Necesito soñar porque mi alma lo pide siempre, pero las lágrimas detienen mis sueños ante la noticia que anuncia la última víctima que quedó sin sueños.
Sofía
No se bajó en su estación, no pudo, la puerta no se abrió. Quiso el destino que sí lo hiciera en la siguiente parada. La muerte la estaba esperando.
Sofía era sabiduría, alegría. Su cara regordeta, repleta de graciosas pecas, le daba un aire pícaro que confundía a todos. Era fiscal de menores. Ponía orden y sensatez en la vida de los más jóvenes para evitar que el futuro se los tragase.
Él se fijó en ella –imperfecta-pensó- pero con esfuerzo lograría su objetivo. Era como su madre, por eso su padre debía castigarla firmemente.
-Buenos días- dijo - ¿Se despistó de estación?
-La puerta falló- respondió- Era el hombre más guapo y galante que había visto en su vida.
La cometa
No me lo pierdo por nada del mundo, será un gran día. Mientras elijo un pantalón para el jersey rosa de punto fino, me recuerdo a mí misma ser puntual, es importante para ella y también para mí. Reflejada en el espejo, siento que empiezo a salir de la cueva del monstruo, tanto que hoy voy a pintarme los labios. Llego a tiempo, la función todavía no ha comenzado. De repente, lanzo una repentina sonrisa como quien lanza una cometa al viento. Entonces, siento una quemazón en mi espalda, es el monstruo, a las puertas del cole, de la vida. Este monstruo nunca verá volar esa cometa, nunca entenderá la vida, nunca será digno ni de mi ni de ella.
Pesadillas
Son las 4 de la mañana y he vuelto a despertarme empapada en sudor. Ya han pasado 10 años, pero las pesadillas siguen siendo tan reales que aún puedo oír a mi padre gritando que nos mataría y ver el miedo en los ojos amoratados de mi madre. Fue demasiado tiempo viviendo el terror en casa, demasiado tiempo teniendo la incertidumbre de si ese día papá volvería enfadado del trabajo. Pensé que al conocer a Víctor todo sería más sencillo de olvidar. Es un chico maravilloso que ha estado a mi lado desde aquella fatídica tarde. Sé que a mamá le habría encantado saber que somos felices juntos. Aunque mi padre se encargó de que nunca pudiera conocerlo.
Te creo
"Hermana, yo sí te creo."
Días pasando por la calle donde estaba aquella pintada, dando rodeos aposta, leyéndolo una y otra vez.
La calmaba.
Recordaba las palabras de su cuñado: "No me puedo creer que nos hagas esto". Las de su padre, dudando: "Si parecía que te trataba como a una reina…". Incluso las de su mejor amigo: "¿Y por qué no lo dijiste antes?"
Quizá aquello le había dolido más que los golpes. Pensó que tras conseguir alejarse y llevar a cabo todos los trámites judiciales lo más difícil estaba hecho. Ahora entendía que era mucho más complicado de lo que parecía.
Y sin embargo, aquella frase. Pintada en morado. Por supuesto.
"Hermana, yo sí te creo".
Sonata y fuga
La angustia es un jilguero que se desgañita por el cielo que le es negado. Un colorín preso en un puño de alambre.
Su artero cazador le tendió la celada y confinó su ser para el vuelo en un presidio diminuto. Al poco, se olvidó, aburrido, de que existía; y luego se marchó a tender nuevas trampas a otras avecillas.
Sólo yo lo oigo, sólo yo lo cuido. Sólo yo lo amparo de la ira dañina de su cazador, cuando éste llega golpeándolo todo, sin respeto por nadie ni nada.
De mi mano, halló un día la libertad; al igual que yo la hallé, con el apoyo solidario de otras manos. Cuando llegue el cazador, entrará en una celda vacía.
¿Sabes?
¿Sabes?
Ahora que te tengo ya no eres tan guapa.
¿Sabes?
Voy a enseñarte a ser la mejor prostituta, digna del mejor burdel.
Y serás mía tantas veces como yo quiera, a eso también voy a enseñarte.
¿Sabes?
Conmigo no necesitas amigas, ni amigos, ni familia, nadie va a quererte como yo.
¿Sabes?
Si te dejo trabajar me darás lo que ganes. ¿O es que quieres aprovecharte de mí?
Nadie va a quererte como yo.
Eres mía y de nadie más.
Sin mí no eres nada.
El único hombre para ti soy yo.
No encontrarás ninguno mejor.
Nunca te he levantado la mano.
Nunca te he tocado.
Nunca te he pegado
¿Pegar a una mujer?
¿ESO?
ESO ES DE COBARDES.
Shock
Abandonó la estancia con una amplia sonrisa, pero nada más cruzar la puerta algo le hizo cambiar esa expresión. A medida que iba doblando esquinas y dejando atrás pasillos blancos su mirada iba cayendo cada vez más abajo. «¿Cómo he podido estar tan ciego?» comenzó a preguntarse una y otra vez. Acudían a su cabeza todos esos vídeos que le llegaban en los grupos de whatsapp y que solía compartir, aquellos chistes que había aplaudido, los comentarios que a veces se le escapaban estando con los colegas... Tomó la mano de su mujer pero no se atrevió a mirarla . Aquella tarde el doctor les había dicho que iban a ser padres, padres de una niña.
Hombre
El hombre no ha cenado. Se ha tomado un par de güisquis. Sobre la mesa reposa inmóvil un plato muerto de pescado. Ahora enciende un cigarrillo y se enfada porque cree que el piso es demasiado pequeño o su sueldo escaso o por nada. Su mujer piensa cosas que no dependen de ella, que no podrá cambiar nunca, cosas que probablemente no importen. O sí. Entonces el hombre la golpea como se golpea una res, sin motivo. Ella solloza y le susurra palabras que no entiende. El hombre se asoma al balcón. La ceniza del cigarro salta a la calle como un blando suicida; piensa que no sería difícil seguirla. Anochece en Madrid.
Marcas de Luchadora
Esta mañana no me atrevía a mirarme al espejo. He comprobado como mi reflejo me señalaba todas las marcas y los moratones de forma acusadora. Mis ojos estaban rojos, hartos de llorar. La pelea de ayer me había dejado secuelas.
Esta mañana, he tomado el maquillaje y lo he extendido por toda mi cara, para que ni mis vecinos ni mis compañeros lo vean.
Esta mañana, he parado, he mirado el reflejo y me he dado cuenta de que la mujer que está al otro lado ya no soy yo. Me he desmaquillado. No volveré a esconder mis marcas de luchadora.
Esta mañana, he salido por la puerta para no regresar.
Esta mañana, he tomado el maquillaje y lo he extendido por toda mi cara, para que ni mis vecinos ni mis compañeros lo vean.
Esta mañana, he parado, he mirado el reflejo y me he dado cuenta de que la mujer que está al otro lado ya no soy yo. Me he desmaquillado. No volveré a esconder mis marcas de luchadora.
Esta mañana, he salido por la puerta para no regresar.
Una imagen sin palabra
Nada, observa desde su ventana como se despierta la vida; su mano derecha sostiene una taza de café que baila al ritmo de la fumarada; el espejo le revela una vez más la nocturnidad de sus ojeras, el violeta natural de sus labios, el pómulo inflamado y unos restos de sangre que con vergüenza escapan de una nariz a la que no dejan respirar. Su refracción pide a gritos salvación, ¡déjalo! En su cabeza suena la canción del primer beso, mientras sale de la frialdad regalada por un baño cargado de invierno para recoger su casa; hay colillas en el suelo, un cenicero roto, una silla sin su pata, y una pata de tormento: pero... él me quiere.
Soy gigante
La esperaba en casa con el hacha de guerra afilada; y en la cabeza un bombardeo de imágenes: ese móvil, ese bolso, ese coche, esas mallas…¡la muy zorra!.
Un trago, necesito un trago. Me acerco al mueble bar como el gigante de pecho ancho que soy y me quedo inmóvil ante el retrato de nuestra boda. Cuando la conocí tenía los ojos llenitos de tanta vida…y de su brazo, ese hombre que ya no soy.
Minúsculo, y con el hacha vencida por sus ojos, me miro en el espejo para entender que no se casó con un gigante de ojos ensangrentados sino con un hombre con una mano abierta para acariciar su caminar.
Aprender
El escritor quiso transmitir con el relato que presentaría a ese certamen literario cómo los hombres pueden erradicar la violencia de género si aprenden a:
Saber apartarse de los privilegios.
Desear la igualdad de oportunidades.
Estudiar la historia más allá de los hombres. Y la ciencia, la literatura, la música, el arte.
Manifestarse contra la imposición de los roles sexo-género.
Romper el techo de cristal.
Echarse a un lado.
Permitir ascender a las mujeres hasta alcanzar la igualdad.
Dejar de oprimir, de humillar, de menospreciar, de violar, de abusar, de lastimar.
De asesinar.
Ser y llamarse hombre feminista.
Amar por encima de su masculinidad.
El lector enmudeció, reflexionó, deconstruyó y aprendió. El escritor supo entonces que ya había ganado.
Atrapada
Quiero sonreír, escapar, ser feliz…
Me siento atrapada, como una pequeña arañita que no puede avanzar en su tela, que con tanto mimo y cuidado, ha ido elaborando cada día.
¿Por qué pasará esto? Cuestión sombría, que invade y revolotea en mi cabeza.
Un oscuro lastre, que lamentablemente aún no ha cesado.
A veces, una fina lágrima recorre mi mejilla. Otras me paralizo en silencio, intentando encontrar luz.
Quiero dar voz a quien no puede hablar, a quien le cuesta caminar, al que cree ser invisible.
¡Qué vértigo y miedo a la vez!
Al fin, un día desperté de un mal sueño y todo cambió.
Aprendí a relegar la culpa, volando libre, sin sufrimiento y valorando, cada instante del camino.
En algún lugar del corazón
Existió un lugar en la tierra donde hombres y mujeres eran iguales. Se respetaban y valoraban por lo que cada uno aportaba a los demás sin importar cual fuese su sexo o condición. Trabajaban juntos por un mundo mejor en el que ser felices y tenían ilusiones. Eran libres para decidir y elegir sobre su propia vida. La palabra maldad no tenía cabida entre ellos. Al contrario, ayudar les hacía sentir bien. El amor no tenía condiciones, era puro, sano. Nunca supieron lo que era el odio, el egoísmo o la posesión. Fueron capaces de convivir con las diferencias y similitudes del resto, algo que les enriqueció. Su existencia fue plena porque vivieron como lo que eran, como seres humanos.
Letanía
Las balas no matan, la daga no hiere, la bota no aplasta, el fuego no muerde,
las palabras no llegan a ningún lugar, el hacha no es un arma letal.
Los puños no dañan, el bate de béisbol no muele tu espalda,
la piedra no puede reventar una cara asustada, el ácido no puede quemar...
Si no hay un dedo que aprieta, una lengua que miente, una mente perversa,
una mano obediente, unos ojos que miran, un alma cobarde,
una boca que calla, un ser que no entiende, un corazón canalla, un intolerante,
un iluminado que habla con el más allá....
Un enfermo ebrio de resentimiento, un loco que goza con el sufrimiento
y la excusa para el horror....
El despertar
Tenía el ojo derecho hinchado y amoratado. El brazo magullado. Y el labio partido lleno de sangre. Pensó que no le sentaba bien ese aspecto. Que le dolía y no le hacía justicia. Que no podía permitirlo.
De repente se levantó sudando en la cama después de haber tenido esa pesadilla viéndose a sí mismo golpeado y su pensamiento cambió en una fracción de segundo. Tenía que parar de seguir haciéndole eso a su mujer. Ahora se había dado cuenta.
Grietas
- ¿Qué notas has sacado? Dímelo tú.
- Todo sobresalientes menos matemáticas.
Roberto frunció el ceño.
- Con el potencial que tienes y lo desperdicias zorreando, eres igual que tu madre.
Alicia notó el desprecio en la voz de su padre. Temblando, se excusó para ir al baño y allí, lloró en silencio, observando su imagen borrosa en la grieta del espejo. Todo esfuerzo era inútil, nunca sería valorada. Presa de la ira comenzó a golpear su cabeza contra el cristal. Tras escuchar los golpes, su padre corrió hacia el baño y nada más abrir la puerta se la encontró en el suelo, inconsciente, murmurando fórmulas matemáticas incomprensibles para alguien que como él, jamás había recibido educación.
No te muevas
Cuando despertó el dolor seguía allí, y las golondrinas seguían siendo oscuras, y costaba demasiado no hacerse la muerta porque era así, con los ojos velados, cuando una podía creer en la esperanza de la misma forma que a veces la lluvia cae a cántaros y todos los gatos maúllan. Era así, no estando, cuando una podía fingirse restañando los pulmones cansados de esa tormenta en la que se le había convertido cuerpo, ya sin tregua sobre esos días en los que habita el miedo. No te muevas, se decía, quédate quieta.
Adiós
Él nunca me pegó. Todos tenemos mal genio alguna vez … El agua está muy fría, ¿para qué me he quitado los zapatos? Menos mal que le puse la comida al gato. Me hundo, es rápido si me dejo llevar. Desde que se fueron los chicos, dejó de hablarme: una palmada en la mesa significaba hambre; un puñetazo, prisa. Un mal día, el plato estampado en la fregadera.
Siempre tuvo buen gusto para todo, por eso, desde novios, elegía mis vestidos, y pagaba él, porque sabía mucho de números. Pero nunca me pegó.
El agua ha entrado en mis pulmones, como entraron la soledad y la tristeza, sin darme cuenta. Aunque nunca me pegó.
Paz
No podría decir cuándo empezó todo, pues desde que tengo uso de razón los episodios de peleas entre mis padres eran constantes. A veces llegaba a casa del colegio con miedo a que se abriera la puerta. ¿Y si llegaba en medio del huracán?
Temblaban las paredes, golpes en los muebles, gritos. Mi hermana y yo nos escondíamos acurrucadas, hasta que se hacía el silencio. No sé decir a qué tenía más terror, ¿a la guerra o a la calma? Sin duda a la calma, la incertidumbre de cuándo iba a empezar la tormenta otra vez era mucho peor, y ahora lo pienso, nunca hallé la paz en esa casa.
Hoy va por esa niña que fui.
Temblaban las paredes, golpes en los muebles, gritos. Mi hermana y yo nos escondíamos acurrucadas, hasta que se hacía el silencio. No sé decir a qué tenía más terror, ¿a la guerra o a la calma? Sin duda a la calma, la incertidumbre de cuándo iba a empezar la tormenta otra vez era mucho peor, y ahora lo pienso, nunca hallé la paz en esa casa.
Hoy va por esa niña que fui.
Lola
Le pintó los labios de rosa. La acomodó en la silla y salieron de casa.
-¡Dolores! Me alegra verla y así de guapa. Sentí lo de su esposo.
-De Dolores nada. Lola, respondió quien empujaba la silla.
-¡Vaya chica más vistosa le acompaña!- El tono era de admiración, en lugar del sarcasmo al que estaba acostumbrada - Así que está tan bien arreglada, apuntó la vecina.
-Es mi hijo…
-José…, susurró la anonadada, pues no reconocía al muchacho de su memoria en aquella mujer.
- Mari José. ¡Buen día, Anuncia!, se despidió.
Su madre la necesitaba. Ella, que se interpuso a cada golpe. Se encargaría de que luciera sonriente y de rosa. Muy Lola, pues dolores había padecido demasiados.
El instante
Seguía de pie pensando en aquel instante, el más surreal de todos. Examinó al hombre y siguió con esfuerzo el hilo de sus palabras. Sus ropajes, tiesos y aparatosos, le parecían grotescos. Evocó con amargura sus consejos, la historia donde insinuaba, con voz solemne, un futuro temible. Su mirada, aguda y penetrante, aumentaba los latidos de su corazón. Tragó por enésima vez una bola de saliva y, sacando fuerzas de flaqueza, correspondiendo a quienes la miraban suplicantes (la familia y, especialmente él, con semblante severo), se agarró a los pliegues de muselina y reprimió un gemido. Luego, recordando las humillaciones y los golpes, a punto de gritar, miró al sacerdote de frente y dijo:
- No, quiero.
- No, quiero.
Demasiado ruido
Cuando terminó de darle la paliza se quedó en el umbral de la puerta observándola. Ella lloraba mientras recogía su nueva falda, ahora rota. Él con dolor fingido le decía: "Me duele a mí más que a ti".
- No vuelvas a vestirte como una puta- Sentenció.
Ella observaba los moratones de su rostro en el espejo. Mañana tampoco podría ir a clase.
El cerrojo de la puerta se descorrió. Los padres de él llegaron. Cuando la vieron le dijeron con frialdad: "Llamaremos a tu casa. Diremos que te quedas a dormir".
Ella escuchó cómo, desde el salón, el comisario le decía a su hijo que llevase más cuidado la próxima vez, que había hecho demasiado ruido.
Minuto cero
Con la mejilla dolorida, ella le miró. Su actitud displicente, sin atisbo de arrepentimiento, abatió el trampantojo que ocultaba la realidad. Los ojos de él solo reflejaban prepotencia , deleite en el dominio de su pareja; mostraban la cobardía de quien oculta sus carencias, sus inseguridades y frustraciones intentando someter a la mujer.
Con la mirada le comunicó que no iba a sentirse humillada, ni a cruzar la línea roja de la aquiescencia, porque su libertad y dignidad no entraban en juegos.
Sencillamente, consideraría aquel ultraje como un minuto cero en el devenir de su existencia. Ya en la cama, sintió el calor de unos brazos rodeándola. Su hermana pequeña siempre le ofrecía su amor incondicional. Se sintió feliz.
Monstrum
¡Mamá, mamá hay un monstruo en mi armario! - Gritó la niña en mitad de la noche.
- Tranquila, cielo, que ya voy - dijo mamá levantándose de la cama y acudiendo presta a la llamada de la pequeña.
Y es que mamá sabía muy bien cómo enfrentarse a los monstruos del armario, sin embargo, se encontraba totalmente indefensa ante el monstruo que le ponía los ojos morados.
Una simple historia
Madruga y prepara el desayuno para su carcelero. Él ha despertado de mal humor y la golpea hasta hacer de sus ojos charcos. Ella está acostumbrada.
Pasa la tarde en casa sola. Lo único que tiene es esa caja musical. Una lágrima cae en picado por su mejilla, pero ella está acostumbrada.
Anochece y él no ha vuelto. Es viernes, llegará tarde. En la cama la aborda esa sensación de no tener nada por lo que vivir, por fin duerme. Al menos, está acostumbrada.
Unas voces la despiertan, él ha llegado. Discuten. Él coge un cuchillo y la apuñala. Ella sabe que su llama apaga y por ello le susurra al oído "te quiero", ella estaba acostumbrada.
Pasa la tarde en casa sola. Lo único que tiene es esa caja musical. Una lágrima cae en picado por su mejilla, pero ella está acostumbrada.
Anochece y él no ha vuelto. Es viernes, llegará tarde. En la cama la aborda esa sensación de no tener nada por lo que vivir, por fin duerme. Al menos, está acostumbrada.
Unas voces la despiertan, él ha llegado. Discuten. Él coge un cuchillo y la apuñala. Ella sabe que su llama apaga y por ello le susurra al oído "te quiero", ella estaba acostumbrada.
Buen provecho
Por fin llego el día. El repicar de sus zapatos indico a María que su marido estaba en casa.
Como en otras ocasiones, sus piernas comenzaron temblaban, no por miedo sino por la incertidumbre.
Se dirigió con paso firme al salón, allí le esperaban sus suegros, sus hijos y Carlos su marido.
Degustaron unas riquísimas setas silvestres, recogidas por su él.
Tras la sobremesa los invitados se despidieron. Él se dirigió al sofá para disfrutar de su siesta.
El último suspiro de Carlos fue el primer aliento de la recién estrenada libertad de María.
Como en otras ocasiones, sus piernas comenzaron temblaban, no por miedo sino por la incertidumbre.
Se dirigió con paso firme al salón, allí le esperaban sus suegros, sus hijos y Carlos su marido.
Degustaron unas riquísimas setas silvestres, recogidas por su él.
Tras la sobremesa los invitados se despidieron. Él se dirigió al sofá para disfrutar de su siesta.
El último suspiro de Carlos fue el primer aliento de la recién estrenada libertad de María.
Tras examinar que las setas habían realizado su trabajo, respiro hondo. Con una triunfante sonrisa se fue al cine con sus hijos.
El espejo
El hombre permanecía frío, sus ojos miraban con dureza más allá del cristal. Frente a él, un espejo le devolvía la imagen de una mujer. Sus ojos asustados penetraban en su alma, ¡el miedo le confería poder!. Su cuerpo curvilíneo tenía marcas de otro tiempo.
Eĺ, golpeó el espejo allá donde vió su cara, y una sensación de dolor le inundó el rostro. Seguidamente un rodillazo a la altura del pubis le hizo doblarse y tambalearse. Cada golpe y herida a aquella imagen femenina, era devuelta a su persona.
Ambos... hombre y mujer, eran uno solo.
¡Frente al espejo, tendido sobre el suelo, yacía un cuerpo medio inerte; al otro lado… la imagen de ella se desvanecía!
Siempre adelante
Disfrazaba su pánico de tensa timidez aunque su mirada huidiza, atrapada en el callejón del miedo, dejaba entrever una honda tristeza que la avergonzaba ante la magnitud de su desdicha. El llanto opaco de esa obligada soledad parecía tener fin. Cada nuevo amanecer, una reconquista, cada puesta de sol, el comienzo de otra batalla ganada al desaliento.
El maltratador hacía meses que estaba entre rejas, pero la huella de su maldad había contruido otra cárcel. La vida para ella seguía siendo un sinvivir entre el precipicio de su antigua negación y el caos de la crítica social. Sin embargo, anhelaba el camino hacia alguna parte y sentía más que nunca el sincero abrigo de la mayoría, que somos los demás.
Tecleando el "no quiero"
Cerró los ojos y la puerta, deseando que nada de eso hubiera pasado.
Aquel día Marta se había levantado con mucho más optimismo del habitual, convenciéndose de que por fin alzaría su voz y haría algo contra aquella persona que hace 4 años y vestido de traje le dio el "sí quiero", ese hombre que había decidido que tener solo un niño era lo "correcto" y que se pasaba las tardes en la taberna.
Sentada y con los puños apretados Marta deseó tener una fuerza descomunal, para poder escapar, pero cuando se quiso dar cuenta solo tenía que pulsar unas cuantas teclas de su móvil para acabar con su condena, esta vez si que lo haría y abriría esa puerta.
Palomitas, Hitchcock, mamá y yo
"Ya está aquí, te llamo dentro de un rato"
Cree que duermo, pero no. Estoy jugando con mi linterna debajo de las mantas, haciendo sombras con el puño cerrado e intentando conseguir la "perfecta" silueta del perfil de ese famoso director de cine. Los viernes mamá me deja quedarme hasta las once y media para ver la serie de Hitchcock. Pero hoy es jueves. Hoy no toca serie.
Cree que duermo, pero no. Estoy jugando con mi linterna debajo de las mantas, haciendo sombras con el puño cerrado e intentando conseguir la "perfecta" silueta del perfil de ese famoso director de cine. Los viernes mamá me deja quedarme hasta las once y media para ver la serie de Hitchcock. Pero hoy es jueves. Hoy no toca serie.
Silencio. Pasos.
Escucho el graznido grabe y distorsionado del cuervo gigante: "¡Ana! "
¡Maldito cuervo!
Tengo miedo. La luz bajo mi almohada. Pienso en cómo aquellos pájaros atacaban a la chica rubia que estaba dentro de una cabina de teléfono.
¡Mañana es viernes!, ¡mañana el cuervo vuela!
Viernes...palomitas, Hitchcock, mamá y yo.
No como antes
-Ya no te quiero como antes.
-¿Como antes? ¿Como antes cuándo? ¿Hasta cuándo me estuviste queriendo? ¿Me quisiste alguna vez? –inquirió Daniel.
-Sí, sí que te quise… Pero… Me doy cuenta de que te dejé de querer cuando por fin te conocí por completo. –Ana.
-Eres cruel.
-Soy sincera, escucha, cuando te conocí por completo, me di cuenta de tu defecto.
-¿Qué defecto?
-Que eres mejor persona que yo.
-No lo comprendo.
-Por eso. –Ana.
[…]
-¿Por qué? –Daniel.
-Porque nunca te impones –Ana.
-Estás loca, enferma, ida, ¡tú no puedes hacerme esto a mí!
-Por fin.
-¿Por fin qué Ana?
-Por fin te has impuesto.
-¿Qué?
-¿Sabes lo que eso significa?
-Sí.
-¿Qué?
-Ya no te quiero como antes.
Agua caliente
El agua le quema las manos. Pero qué más da, así por lo menos no lo
escucha. Raquel mira sus manos. Lleva demasiado tiempo aguantando el
dolor. La piel está cada vez más roja. Las mira como si no fuesen suyas,
como si no sintiese nada. Pero lo siente. Quiere sacarlas del agua,
dejar la vajilla a medio lavar. Meterlas en agua fría, aliviar el dolor.
Pero entonces tendría que escucharlo a él. Suspira, retira las manos y
regula el agua. Autolesionarse es lo último que le faltaba. Él desde el
salón sigue gritando. Ya no se acuerda ni de por qué. Hoy está cansado.
Hoy serán sólo palabras. Ojalá dejarlo fuese tan fácil como sacar las
manos del agua.
Pesadilla
Surcos resecos y salados a ambos lados de la cara era cuanto le quedaba. No corrían ya lágrimas desde sus ojos. Se había quedado vacía.
Después de hacer cuanto le había pedido, él había desaparecido, se había esfumado, envuelto en una nube de hedor alcohólico y dolorosa frialdad.
Había intentado arrebatarle su dignidad, su espíritu, su valía, pero solo había conseguido que se sintiera más humana que nunca.
Apoyó sus manos en el suelo y se levantó. Hizo de tripas corazón, guardó su vergüenza y se dirigió con paso firme en busca del primer policía con el que se topara.
Había una vez ...
Había una vez un lobito bueno
En muchos cuentos tradicionales infantiles aparece la figura recurrente de un fiero y malvado Lobo . Homo homini lupus, escribió Plauto , concentrando la máxima crueldad en este animal .
Visto lo visto en acontecimientos recientes, me quedo con "el lobito bueno" y el sueño de un mundo al revés de Goytisolo .El hombre puede ser peor enemigo del hombre ( y sobre todo de la mujer) que el lobo y mucho más si va en " manada"
Lucía
Luis compartía trabajo con Lucía. Ella admiraba a su marido, su media naranja: él firme, seguro, sabía imponerse, inteligente… Lucía, en cambio, empatizaba con todos, era emotiva y sensible. En casa él tenía su espacio y su tiempo que todos respetaban; para Lucía su espacio y su tiempo era el de su marido, sus hijos, su trabajo, su hogar.
Siempre se creyó incompleta, encontraba en su pareja la protección que necesitaba. Pero… ¿Era así Lucía?
¿Quién era Lucía? ¡Ojalá se lo hubiera preguntado! -musitó Luis.
La parálisis del miedo
— Buenos días. Siéntese, por favor.
— Gracias. He venido a... verá, yo... — Silencio incómodo
— ¿Quiere poner una denuncia
— Sí… bueno, tal vez no sea buena idea. — Suspiro. Cabeza baja. Movimiento involuntario de la pierna
— Señora, tranquilícese. ¿Es la primera vez que pone una denuncia
— Sí, aunque... necesito pensármelo mejor – Coge el bolso
— Oiga, ¿se encuentra bien? Puedo avisar a mi compañera si lo prefiere
— No, no hace falta. No debería haber venido. Disculpe. — Se levanta.
— Tome esta tarjeta. Es del Instituto de la Mujer. Piénselo.
— Gracias. He venido a... verá, yo... — Silencio incómodo
— ¿Quiere poner una denuncia
— Sí… bueno, tal vez no sea buena idea. — Suspiro. Cabeza baja. Movimiento involuntario de la pierna
— Señora, tranquilícese. ¿Es la primera vez que pone una denuncia
— Sí, aunque... necesito pensármelo mejor – Coge el bolso
— Oiga, ¿se encuentra bien? Puedo avisar a mi compañera si lo prefiere
— No, no hace falta. No debería haber venido. Disculpe. — Se levanta.
— Tome esta tarjeta. Es del Instituto de la Mujer. Piénselo.
Nunca pudo hacerlo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)