Me recuerdo diciendo que no. Primero con el gesto. Luego con los brazos. Por último con la voz. NO. PARA. DÉJAME. Lo recuerdo a él, creciéndose al oírlo: "¡Mmm, cómo me pone que te hagas la estrecha, chata!"
Recuerdo sentirme encerrada en la fosa de mi propio cuerpo, las alas de mi "no" replegándose marchitas y pudriéndoseme en la boca, apestándome por dentro.
Recuerdo el muro, la impotencia, las ganas de llorar, el pinchazo de dolor, el asco, la resignación.
Así durante 27 años.
Los que he tardado en comprender que eso que me hace mi marido se llama violación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario