Fue al leer el mensaje de mi marido en el móvil: "Compra tomates. Hoy haces gazpacho", cuando me despisté, me metí en otra vía y cogí un tren que no era el mío.
El tren arrancó, y pensé: "en la próxima estación me bajo y cojo un taxi. Después del trabajo haré el dichoso gazpacho, aunque llegue molida".
El tren paró en la siguiente estación pero, no sé por qué, me quedé en mi asiento, como una tonta, viendo amanecer. "Hago el gazpacho, y si ha bebido me meto enseguida en la cama".
A mediodía desperté en la estación de Cádiz. Allí conocí a Alberto, que me juró por sus hijas que odiaba el gazpacho. Ayer hicimos un año.
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