"Estaba buenísima", le digo en un susurro regalado por un beso en la mejilla, mientras le paso los platos antaño repletos de lasaña. "Me alegro. ¿Qué tal el trabajo?". Mientras charlamos, pienso en la increíble capacidad que tiene María para transmitirte esa sensación tan reconfortante de pensar que todo está bien, mientras recogemos la cocina. Sus arrugas, dueñas de tantas risas compartidas, envuelven una sonrisa que llena la habitación... Un sabio dijo una vez que la belleza de una mujer tiene una luz que nos convida a contemplar el alma que la habita, y si aquélla es tan bella como ésta, es imposible no amarla. Pero lo que yo ahora me pregunto es: "¿Quién puede dañar algo que ama?"
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