Encontrar en el fondo del océano el tesoro de Rackham el Rojo, recorrer la cordillera de los Andes, descalzo, o resolver la conjetura de Birch con una tiza y una pizarra como únicas ayudas; en este preciso instante, conseguir cualquier de esas proezas me parece más sencillo que contener las lágrimas; al menos si sigo mirándole a los ojos, en los que el colorete ha conseguido disimular las marcas. Por eso desvío la mirada hacia el vapor con olor de potaje de garbanzos que exhala incesantemente la olla.
No es suficiente.
Su voz llega, sinuosa y cargada de injusta comprensión, para golpear de nuevo mi conciencia y llenarla de remordimientos.
—Te perdono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario