Miedo, miedo y oscuridad acompañado del frio de un 26 de agosto a las cuatro de la tarde. Veo manos que se extienden hacia mi pero no miro ninguna.
Una voz me grita, ellos me gritan con los ojos, y yo los escucho con el corazón. Mil veces han hablado más sus labios que sus ojos, pero esta ceguera no me deja escuchar.
Voy palpando las paredes de esta oscura habitación. Me encuentro una cuerda. Tiro, tiro con rabia, tiro con toda la rabia acumulada en el pecho, con toda la rabia que me apretaba por dento y me deshago del miedo de que esta rabia me apriete más.
Al poco de quedar deslumbrada por la luz consigue empezar a distinguir y consigo ver una vida llena de sueños por cumplirme. Y al final miro esas manos que se extienden, que son abrazos, que son vida y salvación.
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