Como no se fiaba de ella, no la dejaba ni a sol ni a sombra. Para que nadie viera lo que tenía, sería necesario que no hablara ni escribiera, por eso le cosió la boca a mordiscos y las manos a empujones. Pero aún así -maniatada y muda- estaba seguro de que le engañaría. Nunca supo cuándo comenzó a traicionarlo de nuevo. Puede que ya llevara mucho tiempo el día que descubrió un mal pensamiento acariciándole la nuca, lamiéndole las cervicales. Ahí fue cuando tomó la decisión: la única manera de evitar que volviera a tentar a nadie, era terminar también con aquella parte de su cuerpo.
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