Despertaba cada mañana con alegría, porque estaba al hombro de su hombre. Con ella atrapada en su abismo, él era su único presente. Sin él, ella no existía. De sus ojos hacia los suyos: se veía en él, se buscaba en él, vivía en su vida con ingenuidad.
Los días surgían a su merced: con una de cal y otra de arena.
Los desprecios llenaban su vacío y sus agresiones le daban la razón; pero como le preparaba el desayuno, confiaba que era cuestión de tiempo.
Lo que ella buscaba era su mirar sincero. Una mirada que le dijese "daría mi vida por ti".
Y todo era cuestión de tiempo. La ciega era yo y casi doy mi vida por él.
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