El silencio que reinaba en la casa tras el portazo se rompió cuando Candela, con la ropa desgarrada, se dejó caer en la ducha bajo el chorro de agua hirviendo.
Las imágenes de aquella primera paliza cobraron vida. Entonces no era más que una niña desconsolada por no poder salir a jugar. El miedo y las dudas, mezclados con los restos de la sangre que aún brotaba de su boca, se precipitaron por el desagüe.
Tras el portazo, el ruido de la calle llenó de paz el corazón de Candela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario