El agua se desborda en sus ojos. Princesa cuenta los pasos hasta alcanzar la cama. Tres, cuatro pasos titubeantes. Dispara con rabia las zapatillas contra el espejo de la cómoda y se desnuda. Rey llega en su alazán alado, la abraza frenéticamente, se despoja de la armadura y hunde orgulloso su acero para conquistar su imperio. Luego se duerme.
Todo buen rey que se precie sueña con esclavas sumisas y con coches deportivos. Princesa cuenta las horas en el reloj biológico de su vientre. Espera a que llegue el alba, asustada como una niña solo aguarda a que Rey se levante, se cubra los hombros con armiños y salga disparado hacia el infierno. Solo así saldrá de su hechizo.
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