jueves, 22 de noviembre de 2018

No más lobos

Siempre esbozaba una sonrisa al verme, era apuesto y atento. Nos casamos jóvenes. Me prometió las estrellas, pese a que yo solo quería un hogar que desprendiese amor. Llegó nuestro hijo y el lobo despertó; clavó sus colmillos en mi cara, en mis brazos e incluso en mi pecho. El miedo me paralizó. Cada vez que salía la luna, él salía a aullarme con su apestoso aliento beodo. Me encerraba en la habitación con mi hijo en brazos esperando a que saliera el sol, a que los aullidos se convirtieran en ronquidos. 

Un día me quité la capa roja, tapé a mi hijo con ella y nos fuimos a un lugar sin lobos, sin llantos, sin marcas, sin falsas promesas.

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