jueves, 22 de noviembre de 2018

Mañana es tarde

Lo preparé todo. Nuestro padre insistía en que, como otras veces, mi hermana no aceptaría. Hablé con el 016, con la trabajadora social, con la psicóloga, con el colegio. Siempre a sus espaldas. Sin dejar de sentir un reloj sordo en el estómago, en la garganta.

Esa tarde el abuelo se ocupó de los niños y yo, con el permiso resentido de su marido, fingí llevarla al cine. Luego, ante mi plan, ella volvió a repetirme incansable que nadie tiene ni idea. Yo, ahogándome, sin tener ni idea, le hablé del tiempo: un reloj inútil ya para muchas familias. Y el compás se percibía allí mismo, en el coche, en su silencio, apremiando.

Esa noche durmieron ya en casa.

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