Lo preparé todo. Nuestro padre insistía en que, como otras veces, mi hermana no aceptaría. Hablé con el 016, con la trabajadora social, con la psicóloga, con el colegio. Siempre a sus espaldas. Sin dejar de sentir un reloj sordo en el estómago, en la garganta.
Esa tarde el abuelo se ocupó de los niños y yo, con el permiso resentido de su marido, fingí llevarla al cine. Luego, ante mi plan, ella volvió a repetirme incansable que nadie tiene ni idea. Yo, ahogándome, sin tener ni idea, le hablé del tiempo: un reloj inútil ya para muchas familias. Y el compás se percibía allí mismo, en el coche, en su silencio, apremiando.
Esa noche durmieron ya en casa.
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