Esa mano que levantabas en clase para preguntar, que me buscaba debajo del pupitre, que me acariciaba, que se entrelazaba a la mía cuando paseábamos nuestro amor por la alameda, que introdujo en mi anular el anillo de compromiso, que me apartaba el cabello antes de besarme. Esa mano que, pasado el tiempo, se alzó amenazante, se cerró en un puño, me golpeó en la cara, en el costado. Esa misma mano de la que pude, al fin, librarme y, una vez libre, hacer acopio del valor suficiente para marcar el 016. Esa misma mano que ahora está unida con grilletes a tu otra mano por las muñecas, mientras te meten a empellones en un furgón policial.
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