Removía, cuidadoso, la capa superficial de arena con la punta de los dedos. Inmediatamente después se miraba las yemas y enrabietado se sacudía una mano con la otra aplaudiendo con mucha fuerza. Volvía a observar sus dedos para asegurarse de que estuvieran limpios y repetía de nuevo la tarea para terminar siempre insatisfecho. Había cambiado al menos cien veces de postura y estaba a punto de echarse a llorar.
Su madre caminó por la playa hasta él, preocupada por el comportamiento de su hijo pequeño. ¿Qué haces, corazón? No puedo, mamá. Yo también quiero aportar mi granito de arena para terminar con la violencia machista pero no puedo coger solamente un grano.
Su madre caminó por la playa hasta él, preocupada por el comportamiento de su hijo pequeño. ¿Qué haces, corazón? No puedo, mamá. Yo también quiero aportar mi granito de arena para terminar con la violencia machista pero no puedo coger solamente un grano.
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