Engañada por las aristas de mercado, en las esquinas. Engañada por madres negras de voces y pesares discretos.
Fue mi huerta de sangre. Donde aprendí a pintar sombras con la luz de algunos viejos espejos. Ellos, inconscientes. Ella, llaga de cada día.
Hoy la miro.
Y el horizonte me cae, por un instante, como si fuera vencido estandarte. Qué importa si con ello quiere honrar dignidades viejas, o dibujarme con su sombra nuevamente, sobre una dulce sabana de tiempo.
Quién fuera hoy maestro en la suerte de dominar la curvatura del estropicio de su tristeza yerma, dibujarla con esa misma sombra de luz desafiante, de llaga que pugnaba, mientras regresábamos por el sendero con pensamientos entre zarzas.
Fue mi huerta de sangre. Donde aprendí a pintar sombras con la luz de algunos viejos espejos. Ellos, inconscientes. Ella, llaga de cada día.
Hoy la miro.
Y el horizonte me cae, por un instante, como si fuera vencido estandarte. Qué importa si con ello quiere honrar dignidades viejas, o dibujarme con su sombra nuevamente, sobre una dulce sabana de tiempo.
Quién fuera hoy maestro en la suerte de dominar la curvatura del estropicio de su tristeza yerma, dibujarla con esa misma sombra de luz desafiante, de llaga que pugnaba, mientras regresábamos por el sendero con pensamientos entre zarzas.
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