Águeda se murió de vieja con veintinueve años y una hora. Yo no había tenido ni una sola amiga hasta el día en que decidió aparecer por el curso de mecanografía, tropezando con mi máquina oxidada. Hasta donde consigo recordarla, su tajante negativa a responderme por qué aderezaba el café con sal Mandon nunca me dejó dormir. Solamente cuando hube arrojado sus cenizas al Estrecho de Bering me confesó, aún a regañadientes, que algo tenía que hacer con los restos que le sobraban después de echársela en las heridas.
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